

El hombre no nace predeterminado; su estructura psico-orgánica es inconclusa, y ello quiere decir que es el hombre con su vida quien, instalándose en la realidad, se halla en un campo de posibles maneras de enfrentarse a lo real.
Si el reconocimiento, como dimensión antropológica, se enraíza en el carácter abierto de la realidad humana, el reconocimiento del otro se especifica en la dimensión del encuentro interhumano como un encuentro afectante, lo que explicita es un reconocimiento marcado por la receptividad y la pasividad; los otros constituyen la oportunidad para ratificar el status social logrado.
Cuando nos detenemos entonces a indagar los elementos de nuestra comunicación y sociabilidad atravesando la barrera de lo que consideramos "se da naturalmente" admitimos que como seres humanos necesitamos imperiosamente del otro, no solo para conformar nuestra identidad, sino para mantenerla y ratificarla, y ser autoconcientes de nuestra existencia, por eso cuando deseamos "ser reconocidos" lo que estamos buscando es que tenga sentido lo que hacemos, independientemente de nosotros. Y que en la recepción y el intercambio de nuestros emprendimientos podamos definirnos y encontrarnos, es así que el otro es parte de mi espejo interior y cuando caminamos solos buscamos sino el inmediato, al menos, el mediato momento en que alguien se nos aparezca, o aparecernos ante alguien para relacionarnos, comunicarnos, y reconocernos a partir del reconocimiento del otro.
Como emprendedores y descubridores constantes de nuestras potencialidades, virtudes y objetivos, vamos andando sigilosamente, en busca de conocimientos vastos de nosotros mismos a partir de los demás, por eso no nos alejamos sino para meditar qué somos cuando estamos en compañia y qué queremos ser cuando iniciamos los primeros trámites temerosos de nuestro emprendimiento.
Kristy Saavedra 5c-6Q.







